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EL CAZCARRO, CEMENTERIO BICENTENARIO (SEGUNDA PARTE)

EL CAMPOSANTO CASPOLINO EN EL SIGLO XIX

Por Alberto SERRANO DOLADER

Los rituales mortuorios y de funeral presentaban cierta complejidad en el siglo XIX caspolino. De algún modo comenzaban aún antes del óbito. En 1829, Mariano Valimaña, capellán de las monjas capuchinas, establece en ese convento la cofradía de la Agonía o Preces por los Agonizantes, cuyo principal cometido era rezar por los moribundos ante el Santísimo Sacramento, expuesto para ello durante media hora o una hora, según la voluntad de la familia.

En 1868 el fotógrafo José Enrique Alcaine y Mínguez, instalado en Caspe, publicita en la prensa su disposición a recibir encargos para retratar cadáveres, se supone que a domicilio, según los cánones de una práctica que se popularizó en la España de aquel tiempo y que garantizaba al cliente un recuerdo de su ser querido.[1]

Los allegados al difunto quizá pensaran en inscribirlo como cofrade de la Vera Cruz, pues a esta hermandad, desde las reglas que le fueron otorgadas en 1602, también podían vincularse los muertos para beneficiarse de sufragios.

Debemos imaginarnos al cadáver amortajado en su cama, poca luz y gemidos de fondo que se entrecruzan con las conversaciones de quienes acuden a acompañar un rato el duelo de la familia. Esa concurrencia, debe suponerse, se tornaría en soledad en casos relacionados con infecciones, en los que por mandato de las ordenanzas municipales de 1852 se debían extremar las precauciones: “Artículo 137. Las alcobas donde mueran enfermos de males considerados contagiosos se picarán y blanquearán, cuidando los facultativos de mandarlo así, además de las fumigaciones que se consideren convenientes”.

Josefa Pérez de Casaña falleció en 1859

A mediados del XIX, la iglesia caspolina tenía reguladas seis categorías de honras fúnebres para personas adultas, jerarquizadas en boato según el escalafón social del difunto y el encargo que cursasen sus deudos. De unas a otras variaban la hora de la ceremonia, el número de clérigos asistentes, la cantidad de velas encendidas, el tipo y cuantía de las misas que se rezaban en los días siguientes, así como si se oficiaban en el altar mayor de la parroquia o en una de sus capillas laterales.[2]

La modalidad “más pobre” era la denominada ‘de hospita’: “Suele ser a las dos de la tarde, con asistencia de tres clérigos, y tres frailes sanjuanistas, que cantadas unas vísperas de difuntos, lo entierran inmediatamente, y nada se paga”. El tipo conocido como ‘de tarifa’ podría considerarse antónimo del anterior: “Asiste todo el Capítulo, aunque haya 24 individuos, con asistencia también de todos los capiscoles (…). En estos entierros suelen dar a la puerta del difunto, cuando va a buscarse, una vela a cada uno y una peseta”. Con todo, todavía lucía con más relumbre el ceremonial de entierro reservado “solo para los eclesiásticos capitulares, y también para algunas personas nobles y ricas que lo quieren pagar”.

Los miembros de la Diputación del Santísimo Sacramento recibían en su despedida una atención especial. Esta entidad, a la que más arriba me he referido, se reservaba en exclusiva algunos detalles de la gestión de todas las exequias (lo que garantizaba su financiación), como “proporcionar las hachas que se llevan en los entierros y alumbrar el catafalco o tumba en los funerales”. La Diputación también se encargaba del mantenimiento de alguna infraestructura ceremonial; por ejemplo, en 1852 “se construyó un catafalco nuevo de tres cuerpos para los funerales, el cual se renovó en 1872 y costó 1.208 pesetas”, cantidad que parece desorbitada para aquel momento y que, de ser cierta, sugiere una escenografía muy sorprendente.[3]

El cementerio en el año 1996

Por lo que se refiere a las honras fúnebres tributadas en el siglo XIX a los niños, el cronista Valimaña nos informa de ello en un pasaje de sus Anales de Caspe que parece referirse a los años inmediatamente anteriores a normalizarse el uso del cementerio del Cazcarro:

“Los párvulos se entierran también de diversos modos. Los más pobres son amortajados y depositados en la capilla del Caritatero, los recoje (sic) el campanero, y los entierra sin ninguna ceremonia eclesiástica. Otros avisan al Cura o Rejente (sic), y estos con un monaguillo, van a la casa, traen al párvulo a la Iglesia, con el acompañamiento de padres y vecinos, y hecho el oficio de sepultura como ordena el Ritual, lo lleva a enterrar el campanero. Otros por fin son enterrados con misa cantada y asistencia del clero, que va buscarlos a su casa, y después del oficio de sepultura son enterrados. Algunos nobles y ricos son enterrados con asistencia también de capiscoles y solemnidad de tarifa, en la cual suelen darles el medio duro”.

Otra lápida antigua es la de Ramón Villanova (1866)

La referencia a los campaneros le habrá llamado la atención al lector. En marzo de 1822, cuando el Cazcarro recibió el primer difunto, el ayuntamiento acordó contratar con ellos el traslado de cadáveres a cambio de “cien duros y casa franca”, amén de una pequeña cantidad por servicio. Por su parte, los campaneros se comprometían “a comprar y mantener la caballería y los arreos” necesarios para el transporte. Este método mejoró notablemente en abril de 1872: “Un piadoso vecino de la cofradía del Santísimo ha hecho y regalado un carro para conducir los muertos al cementerio; y se autorizó a los Diputados del Santísimo para comprar de los fondos de la Diputación una caballería con las guarniciones correspondientes”.[4]

Fecha para reseñar de modo especial es la del 2.11.1877, jornada en la que la iglesia recuerda a las “almas del purgatorio”, y que fue la elegida para inaugurar la ermita del cementerio que aún se mantiene en uso. A la ceremonia asistió el ayuntamiento, como también a la misa mayor que se celebró en la parroquial.[5]

Exterior de la capilla

El “maestro albañil” responsable de los trabajos fue mi tatarabuelo Francisco Albareda Serrano, quien ya había demostrado su pericia profesional en la cantería de la casa consistorial (plaza Mayor) y en la remodelación de la torre y de la gran escalinata de la parroquial.[6]

En las obras (que posiblemente continuaron a lo largo del año siguiente, 1878) se invirtieron 4.355’25 pesetas, al parecer gestionadas por la Diputación del Santísimo;[7] buena parte de la financiación debió de tener origen en el dinero que para ello consignó mosén Vicente Borruey en su testamento, firmado el 20.12.1854.[8]

¿Cómo se decoró el interior de esa capilla? Se ha señalado que, cuando entró en servicio el cementerio del Cazcarro, se abandonó, poco a poco, el lugar de los antiguos enterramientos junto a la iglesia parroquial. Había allí una ermita dedicada a San José de origen ignoto que acabó siendo derruida. Pero señalan las crónicas que todos los objetos de culto que se guardaban en ella, además del retablo, fueron trasladados al nuevo emplazamiento del camposanto y acomodados en el interior de la capilla levantada en 1877. Si tenemos por cierto que su puerta permaneció cerrada en los años de la última guerra civil y que el interior no sufrió ningún tipo de daño, estaríamos hablando, con toda probabilidad de que el retablo que hoy contemplamos -sencillo, pero antiguo- sigue siendo el procedente de la derruida ermita de San José.

Interior de la capilla en el año 2002

En cuanto a la imaginería, no cabe duda de que, en el XIX, se trasladó a la capilla del Cazcarro el famosísimo Santo Cristo de Santa María de la Horta. Ese crucificado se mantuvo en el templo del cementerio, ininterrumpidamente, hasta que el año 2007, aproximadamente, se optó por sustituirlo por otro (de menos valor) y ubicarlo en un lugar más seguro, la sacristía de la parroquial. Por supuesto, en el último siglo nadie ha sido consciente del valor y procedencia inicial de la obra de arte, detalles en los que ha insistido Antonio Barceló Caballud desde que argumentó sólidamente la hipótesis por vez primera en 1994.[9]

El Cristo de Santa María de la Horta cuando se veneraba en el cementerio

La cruz pétrea encolumnada que –tras conocer varias reubicaciones– hoy se mantiene en pie en la arboleda que da acceso al cementerio, procede de un puente sobre el Guadalope que una riada destruyó en el siglo XIX. En 1863 el Ayuntamiento decidió su inicial traslado al entorno del camposanto, aunque parece ser que no se ejecutó el acuerdo hasta 1872, año en el que el alcalde encarga el trabajo al maestro de obras Francisco Albareda. El caso es que, de no actuar urgentemente, está llamada a desaparecer. La parte aparentemente más antigua, el tambor con una serie de figuras o apostolado sobre el mástil, se descompone a ojos vista.[10]

La cruz encolumnada merece una restauración

Y esto es todo (al menos, hasta la próxima). Hace unos días, despedía la primera parte de este trabajo con una reflexión del poeta caspolino Miguel Agustín Príncipe y Vidaud (1811-1863); aquí va otra, que también pone los pelos de punta: «La campana estremecida / Muerte anuncia en triste son: / ¡Oh qué fugaz es la vida! / ¡Qué engañosa y qué mentida / la mundanal ilusión!» (Devocionario, 1844).


[1]    El Descamisado núm. 3, 1.11.1868.

[2]    Informa sobre lase seis categorías de ceremonias para adultos, y también de las dispensadas a los párvulos, VALIMAÑA Y AVELLA, Mariano (1971 [manuscrito: 1860 ca.]), op. cit. pp. 21.23.

[3]    “La Diputación del Santísimo Sacramento”, en Revista Caspe, 21.6.1928.

[4]    CACHO Y TIESTOS, Juan Antonio (1980 [manuscrito: 1954-1955]), op. cit. pp. 13, 111 y 140. En el traslado de sus domicilios a la iglesia y de la iglesia al camposanto “los cadáveres se llevarán precisamente cubiertos”, según establecen, en su artículo 138 las ordenanzas municipales de 1852. No está claro si el carruaje regalado en 1872 seguía en uso años más tarde, puesto en 1885, en plena epidemia de cólera, “se hacen dos camillas para conducir cadáveres al Cementerio”.

[5]    CACHO Y TIESTOS, Juan Antonio (1980 [manuscrito: 1954-1955]), op. cit. p. 126. A finales de 2014 se inició una rehabilitación integral de esta ermita.

[6]   Miembro de una familia muy querida en Caspe, conocida con el cariñoso apodo de Mirapatios, Francisco se casó con Manuela Borruey Francín. Falleció a los 80 años en agosto de 1915, según da cuenta en su edición del día 30 el periódico El Noticiero, donde se resalta su participación como albañil en los trabajos de construcción de la vía férrea que posibilitó la llegada del ferrocarril a Caspe en 1893.

[7]  DOÑELFA SALVADOR, Luis Manuel (2007 [manuscrito: 1922-1923]): “Anales de Caspe”. Primera parte”, Cuadernos de Estudios Caspolinos, Centro de Estudios Comarcales del Bajo Aragón-Caspe (Zaragoza), núm. 27, p. 51.

 “La Diputación del Santísimo Sacramento”, en Revista Caspe, 21.6.1928.

[8]    Libro borrador de las actas de visitas del año 1860, tomo I, Archivo Diocesano de Zaragoza (fecha de consulta: 3.9.1998). Se trata de un corpus de apuntes (con notas quizá tomadas in situ), para levantar acta de una visita pastoral, posiblemente la iniciada el 4.6.1860 por el arzobispo Manuel García Gil.

[9]   BARCELÓ CABALLUD, Antonio (1994): “Santa María de la Horta: 800 años de historia de Caspe”, Cuadernos de Estudios Caspolinos, Centro de Estudios Comarcales del Bajo Aragón-Caspe (Zaragoza), núm. 20, pp. 9-66.

Barceló continuó divulgando que el Santo Cristo de Santa María de la Horta seguía existiendo en diversas notas publicadas en la web local Cuatro Esquinas. En ellas, también añadía la denuncia del amontonamiento sin criterio de imaginería diversa y de diferente calidad en la ermita del Cazcarro, cuyo altar llegó a parecer un rastrillo en la última década del XX y la primera del XXI. En Cuatro Esquinas pueden leerse los comentarios “¿Dónde están?” (0/11/2007 + 3/12/2007), “Cementerio” (0.3.2010) y “Acumulando polvo” (0.11.2011). http://sueltos4e.blogspot.com/

La pintura mural que actualmente exhibe el interior del templo fue obra realizada hacia 1930 por Joaquín Vallés Peralta, asesinado por los nazis el 3.1.1941 en el campo de concentración de Gusen (complejo de Mauthausen), cuando contaba 31 años. La autoría se la confirma a Amadeo Barceló Joaquín Vallés, nieto de Joaquín Vallés Peralta .

[10]   En tema de la cruz se aborda en las sesiones municipales de 12.11.1863, 7.8.1870 y 18.2.1872, citadas en CACHO Y TIESTOS, Juan Antonio (1980 [manuscrito: 1954-1955]), op. cit. pp. 85, 108 y 111.

DOÑELFA SALVADOR, Luis Manuel (2009 [manuscrito: 1922-1923]): “Anales de Caspe”. Segunda parte, op. cit. p. 76.

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