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El Palacio de Rimer: el secreto mejor guardado del término de Caspe

Por extraño que parezca, uno de los lugares menos conocidos de Caspe se encuentra junto a un concurrido camino municipal, apenas cinco kilómetros lo separan del núcleo urbano y buena parte de sus fachadas exteriores son visibles. Y pesar de todo ello, este complejo que nos remite a tiempos de criadas, carlistas levantiscos y burgueses enriquecidos, continúa siendo un misterio para la práctica totalidad de los caspolinos. Hoy vamos a contar lo que sabemos sobre el Palacio de Rimer y sus propietarios.

Historia del complejo

Francisco Pérez Gutiérrez fue el responsable de la construcción del Palacio en una finca situada junto al río Guadalope. Pérez nació y murió en Caspe (1815-1875) pasando a la historia como un gran potentado local: se le describió como «un político liberal con gran capacidad de influencia y poder económico» (véase el trabajo de Antonio Barceló y Alberto Serrano en Cuadernos de Estudios Caspolinos 26), mantuvo una estrecha amistad con el varias veces presidente del Gobierno de España, Leopoldo O’Donell, fue condecorado por la regente María Cristina, llegó a diputado en Cortes, ocupó la alcaldía de su ciudad natal y fue el artífice de la concesión del título de ciudad a Caspe en el año 1861. Se dice que su relación con la realeza fue tan estrecha que una de las habitaciones de su Palacio de la vega del Guadalope hospedó a Isabel II, quien habría acudido hasta Caspe para encontrarse con un amante. Aunque quizá este rumor que todavía perdura sea producto de una confusión entre palacios caspolinos: también se cuenta que el otro gran edificio solariego del término, el Palacio de Chacón, fue construido para que la regente María Cristina pasase temporadas en Caspe (Javier de Quinto, fundador de la noble casa de Chacón, fue Jefe de la Casa de la Reina regente y posteriormente secretario de Isabel II).

A la izquierda, el río Guadalope. Al fondo, a la derecha, el Palacio

En cuanto a la datación del Palacio, debemos dar por cierta la inscripción labrada sobre la puerta principal: 1859. Pérez, tras haber levantado una imponente casa en el número 9 de la -entonces- calle de la Balsa, edificaba «un hermoso palacio con oratorio en la finca rústica de regadío, de la partida de Rimer» (Luis Doñelfa, «Anales de Caspe», Cuadernos de Estudios Caspolinos 27). Pérez debía tener especial predilección por los edificios palaciegos, porque poco después, hacia 1870, compró el Palacio de Chacón a la viuda del Conde de Quinto.

Entrada principal del conjunto con la fecha de 1859 coronando el enrejado

Tras la muerte de Francisco Pérez el Palacio continuó en la familia por unos años, aunque no sabemos por cuánto tiempo, pues la siguiente referencia temporal salta hasta la década de los años 20 del siglo siguiente, cuando la propiedad había pasado a manos de Maximiliano Masip, también alcalde de Caspe y, al parecer, muy aficionado a las timbas. ¿Ganó la finca en una partida de cartas? ¿Tuvo que venderla para cubrir deudas de juego? No lo sabemos, pero sí que muy poco después, en 1926, Masip vendió su propiedad de Rimer a la familia Paz. Por aquel entonces al Palacio de Rimer se le conocía como Granja del Pilar, lo cual indica que la presencia de animales estabulados dentro del complejo sería destacable. Al estallar la Guerra Civil, los Paz continuaban regentando la monumental casona, pero en los años posteriores hubo nuevos cambios en la propiedad: quien vendió el Palacio a los Monforte en los años 60 no fueron los Paz, sino Ambrosio Gracia.

Cuando la mansión pasó a manos de la familia Monforte había dejado atrás el esplendor pasado, pues al menos las dependencias de la planta calle se encontraban totalmente descuidadas, siendo utilizadas como almacén agrícola. Tras acometer importantes obras de reforma y ampliación -se edificaron varios edificios anexos-, en 1969 Lázaro Monforte encargó a Juan Felipe Vila (artista pintor de Figueras) la realización de pinturas murales para el interior del Palacio, entre otras, una sobre el Compromiso de Caspe que todavía se conserva. Hoy en día el edificio continúa perteneciendo a los Monforte.

Fachada de la entrada y capilla

El Palacio

Muy pocos caspolinos han accedido a su interior, por lo que la única descripción oficial se limita a las dos líneas que otro cronista, Sancho Bonal, escribió un siglo atrás: «llama la atención por la majestuosidad de su escalera, por el número y distribución de sus habitaciones y por lo artístico de su pequeño oratorio». Según hemos podido averiguar, el acceso principal que se encuentra tras la puerta datada en 1859 es un paso arbolado que culmina en la fachada que da acceso al suntuoso Palacio. Decenas de olivos flanquean el paso previo al edificio residencial cuya planta tiene forma de L. Presenta tres fachadas principales: la de la entrada en la vertiente sur, la más alargada (vertiente oeste), y la trasera, en la cara norte. Las tres exhiben frontones sobre balcones y ventanas, elementos que delatan los gustos neoclásicos del promotor de la obra. Los lados secundarios del edificio -los que asoman al camino que lleva a los Tres Túneles- no presentan elementos decorativos. La fachada de la entrada la preside el escudo familiar de los Monforte, y en la vertiente larga destaca una imponente galería corrida con salida a la misma a través de tres balcones. Tanto la vertiente principal como la de mayor longitud cierran en altura con un remate a modo de friso.

Fachada larga, con la gran galería corrida asomada al río

Anexo al edificio central se encuentra una pequeña capilla que conjuga detalles neoclásicos en la espadaña (columnas, frontón) con cierta apariencia barroca en su fachada, recordando a otras de la localidad como Montserrat y la Balma. El conjunto se completa con varios edificios secundarios y mucho más modernos a modo de almacén, un acueducto, una noria que toma el agua de la acequia de Rimer de Allá, y una pintoresca torre neomedieval -contemporánea a nuestro siglo- situada sobre el cabezo del otro lado del camino.

Torre neomedieval sobre el promontorio al otro lado del camino

Mientras soñamos con una jornada de puertas abiertas que nos permita conocer sus entresijos, habrá que conformarse comprobando desde fuera que, el Palacio de Rimer, nuestro último superviviente de la época de las haciendas palaciegas, muestra con orgullo su buen estado de salud.

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