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Historia medieval y moderna

Recordando el sepulcro de Juan Fernández de Heredia

Juan Fernández de Heredia, Gran Maestre de la Orden de San Juan del Hospital de Jerusalén, Rodas y Malta, la principal orden militar tras la desaparición del Temple, amasó durante su dilatada carrera un enorme patrimonio personal. Afamado, importante y adinerado en vida, quiso ser recordado tras su muerte. Por tal motivo donó reliquias tan importantes al lugar donde reposaría eternamente como la Vera Cruz, un espléndido cáliz obra de orfebres de Aviñón y otras suntuosas reliquias. Pero además, el sepulcro debía estar a la altura del personaje. Por tal motivo encargó una obra de arte primorosa que, durante siglos, los caspolinos contemplaron con admiración.

Probablemente, en origen el sarcófago se colocó en la iglesia del convento sanjuanista fundado por él mismo dos años antes de su fallecimiento (1396). Así lo argumenta el cronista local, Mariano Valimaña, o el gran especialista en la orden, Giacomo Bosio. Posteriormente sería trasladado a la iglesia parroquial, quizá junto al altar mayor en un primer momento para, después, ser colocado en la capilla del Santo Cristo fundada en 1522. El enterramiento pétreo sobresalía 1,75 m. del muro del fondo y reposaba sobre tres columnas de 2,15 m. de altura, las cuales no formaban parte de la obra original.

Como vemos en la imagen, sobre el sarcófago fue esculpida una estatua retrato de Fernández de Heredia. Las facciones se habrían realizado mediante una máscara funeraria, usando un molde sobre la propia persona según ya era costumbre en Roma. Es más que probable que el sepulcro fuera colocado inicialmente para su contemplación íntegra, es decir, para poder apreciar sus cuatro vertientes.

La cabeza del difunto apoyaba a su vez sobre una almohada, y al lado de su rostro se esculpieron los escudos familiares. Bajo ellos, tallas de ángeles que ya se encontraban muy deterioradas a comienzos del siglo XX. La efigie de Don Juan aparecía con túnica y manto, con la cruz de la Orden de San Juan a su izquierda y las manos unidas en acto de rezo. El sarcófago se completaba con nueve finas arquerías y grupos de encapuchados plorantes. En el friso del lateral visible, arquerías y ángeles con el escudo cuartelado de Fernández de Heredia. Cerraban la composición otro grupo de plorantes en las paredes contiguas (probablemente, en el convento se hallaban en el frontal y los laterales).

No fue un arte exclusivo de la época -desde la antigüedad la decoración en tumbas de personajes importantes supuso uno de los mejores ejemplos de obras artísticas de todos los tiempos-, pero durante la Baja Edad Media los sepulcros monumentales alcanzaron su plenitud. Ejemplos representativos son el de Carlos V obra de André Beuneveu, la tumba del cardenal Braye de Arnolfo di Cambio, o las estatuas yacentes de Carlos IV y Juana de Everaux esculpidas por Juan de Lieja. Fueron importantes en la escultura mortuoria los artistas franceses pero también destacó la escuela catalana, con maestros como Guillem Morey, Antoni Canet, Pere Oller…y Pere Moragues, quien, en opinión de los expertos, pudo ser el artista que llevó a cabo el sepulcro de Fernández de Heredia a finales del siglo XIV (se compara el sepulcro de Heredia con otras obras de este artista). Estilísticamente, la obra recordaba a la tumba del Arzobispo Lope Fernández de Luna conservado en La Seo de Zaragoza.

En 1878 el enterramiento de Juan Fernández de Heredia ya se encontraba en mal estado, como denunciaba el cronista local Mariano Uriol. Además, los restos mortales de Heredia se habían perdido años atrás, puesto que durante la primera de las guerras carlistas los huesos fueron pulverizados e ingeridos como supuesto remedio para combatir las fiebres.

En 1922 Leonardo Sancho Bonal lo describía de tal modo: «artísticos bajo relieves que rodean el sepulcro y de medallones que en forma de cornisa aumentan el sepulcro y de medallones que en forma de cornisa aumentan la validez del sarcófago. Con ser todo magnífico y soberbio, destacan en magnificencia y perfección la figura del gran privado… los ángeles que le rodean que aunque mutilados, se comprende por sus restos, que debieron ser preciosos, y los dos escudos que había en la almohada de los cuales sólo se conserva el uno».

Las fotografías que ilustran el artículo fueron tomadas en 1919 (una de las cuales se muestra actualmente en la capilla que le dio cobijo). Víctima de la barbarie, en el verano de 1936 el sepulcro desapareció para siempre.

Para saber más:

Leonardo Sancho Bonal; “Bosquejo Geográfico-Histórico de Caspe”. Cuadernos de Estudios Caspolinos, XII. Caspe, 1986.

Miguel Cortés Arrese; “Juan Fernández de Heredia”. Empelte 1.Grupo Cultural Caspolino, 1987.

Francisco Javier Cortés Borroy; Caspe. Historia y Arte. Ayuntamiento de Caspe. Caspe, 1997.

Juan Manuel Cacho Blecua; El Gran Maestre Juan Fernández de Heredia, Colección Mariano de Pano y Ruata, CAI, 1997.


Sepulcro de Juan Fernández de Heredia

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