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Santa Quiteria (I). La ermita sin recuerdo

Antonio BARCELÓ CABALLUD y Alberto SERRANO DOLADER

               

El 28 de enero de 1638, el concejo de Caspe delibera en torno a la necesidad de construir una ermita dedicada a santa Quiteria en las faldas del cabezo de Monteagudo que caen hacia la partida del Sanchuelo.[1] Debería levantarse en las inmediaciones de una fuente que allí manaba en las oquedades de una gran roca. Todo para que “Dios nuestro señor use de misericordia con los de esta villa evitando el mal de rabia”, liberando en el futuro a los vecinos de los cuantiosos gastos que hasta entonces se veían obligados a realizar al tener que trasladarse para implorar protección o remedio contra esta enfermedad a santuarios de pueblos más o menos próximos, principalmente al de Samper de Calanda o al de La Almolda.

También se acuerda solicitar un fragmento de la reliquia de la santa al municipio turolense de La Zoma o a “otro qualquier puesto”. La ermita que se pretendía levantar en honor de la “gloriosa santa Quiteria” debería contar con “su retablo de dicha imbocacion” por lo que también se conviene que “se haga”.[2]

         Este catálogo de intenciones debió de tropezar con algún estorbo que impidió su materialización. Solo transcurridos diez años, se retomará la empresa:

         El 17 de febrero de 1648, dos representantes del concejo y los canteros locales Juan de la Fuente y Pedro Pech firman las capitulaciones para la construcción en Monteagudo de la ermita dedicada a santa Quiteria, que habrá de levantarse de “piedra picada bien labrada” y estar concluida en apenas tres meses y medio, antes del inicio de junio. En el documento, que quedará reflejado en los libros del notario Pedro Vilanueva, se establece que “se les dará por parte de la villa tres mil sueldos jaqueses por hacer dicha obra (…) y veinte y cinco cántaros de vino”.

Fragmento de las capitulaciones para la construcción de la ermita

         Se conocen más detalles de este pacto, al que hemos tenido acceso. Las dimensiones del proyecto se ajustaron a “ochenta palmos de largo, treinta de alto y treinta de lado, y tres y medio las paredes de recio” (si el palmo de entonces equivale a 19,25 cm: 15,4 m de largo x 5,7 m de ancho x 5,7 m de alto, con un grosor de los muros de algo más de 67 cm).[3] Se prevé un interior de mampostería revocado con cal, tejado a dos vertientes, “hiciendo la portalada redonda de la grandaria que se les dará” (o sea, con arco y de envergadura apropiada al edificio).[4]

         Valimaña pudo consultar a mediados del siglo XIX estas capitulaciones de 1648 y las sintetiza en sus Anales de Caspe, en los que añade un dato que no figura en el documento: el templo fue erigido con el mecenazgo económico del sanjuanista Miguel Jeric, cuya familia completará las limosnas recogidas en los alrededores.[5]

         De forma más o menos inmediata, se levantaron cinco altares en el templo. Lógicamente, el principal se dedicó a la titular (“Santa Quiteria postrada a los pies de María Santísima”, indica Valimaña), el resto se consagraron en loor de la Virgen al pie de la Cruz, santa Teresa de Jesús, beato Salvador de Horta y san Gregorio Ostiense (este último con devoción muy especial entre los caspolinos). También se consiguió una reliquia de la santa, que se instaló en una teca de plata.[6]

         En su reunión del 11 de marzo de 1668, el concejo caspolino adopta la decisión de procesionar “el quarto Domingo de quaresma”, pero enseguida debió de trasladarse al 22 de mayo, festividad de santa Quiteria.[7] La fiesta (“procesión de rogativa”) se mantiene con brío hasta, por lo menos, finales del XVIII.[8] La cofradía en honor a la santa sumó una larga lista de inscritos (se desconoce cuándo despareció, pero ya no existía en los años 40 del siglo XX).

Estampa devocional

         Además del edificio religioso, el complejo integró una vivienda para los ermitaños y un edículo o pequeño templete que facilitaba el disfrute de la ya mencionada fuente.

         Constan trabajos de mantenimiento de la fábrica; por ejemplo, en la visita pastoral de 1776, el arzobispo Sáenz de Buruaga manda al prior “que se repase la ermita de Santa Quiteria”.[9]

         El crepúsculo se inició en los tiempos torvos de la Guerra de la Independencia. A finales de octubre de 1809, en el entorno de Monteagudo se enfrentan en sucesión de ataques y contrataques tropas españolas y francesas, estas últimas logran una victoria coyuntural, pero sufren numerosas bajas y deciden vengarse. ¿Cómo?, entre otras represalias queman todos los altares de la ermita en un incendio desolador.[10] Cabe suponer que, aunque las paredes resistieran en pie, la techumbre sufriría considerables daños, por lo que el edificio debía de presentar un aspecto ruinoso.

Mapa de 1808 en el que se señala la posición de Santa Quiteria. Según leemos en el mapa, el camino bajo Monteagudo también recibe el nombre de Camino de Santa Quiteria

         No hay constancia clara, pero es posible que durante las dos primeras Guerras Carlistas de nuevo golpease la mano destructora: en un informe eclesiástico de 1849 se anotó que la ermita “llamada de Santa Quiteria [está] destruida interiormente por las Guerras pasadas” (nótese el plural, que invita a pensar en varios conflictos, y no solo en el de la Independencia).[11]

         Tan destrozado estaba el templo que, el 19 de mayo de 1870, el ayuntamiento acuerda “desmantelar el tejado, almacenar las tejas y maderamen”.[12]

         La única imagen fotográfica localizada de la ermita fue disparada el 27.03.1932; el edificio aparece en un segundo plano que permite apreciar que está destechado en casi toda su superficie (asoman tres arcos ojivales en el centro de la nave). Pese a ello, en aquel entonces, aun se mantenían en pie gran parte de los muros y un extremo de la nave permanecía cubierto, mínimo recinto que debe suponerse era el que continuaba destinando al culto.[13]

Imagen de 1932, la ruina, ya sin tejado, a la izquierda

         En la última postguerra, quizá hacia 1940, la ermita se reparó, al menos parcialmente, para recuperarla como espacio de uso religioso. Nos informa María Carmen Arbonés Sola (nacida en 1944):

         “Mi padre era el cantero Francisco Arbonés Hernández. Precisamente, tenía allí, por Monteagudo, una de las canteras y trabajó en el apaño de la ermita. Me contaba una anécdota: cuando comenzó la faena, la persona que le ayudaba vio un santo roto por el suelo y le pegó una patada a la cabeza, para apartarla; pero, mira qué cosas, al darle la patada se lastimó el pie. ‘No te está mal, por haber hecho algo que no debías’, le dijo mi padre”.

         ¿Un santo vengativo? M.ª C. Arbonés continúa rememorando su infancia, y evoca nostalgias de la segunda parte de los 40 y de la década de los 50:

         “En la ermita, que estaba junto a una grandísima lastra de pierda, se rezaban novenas; yo no asistí a ninguna, pero mi madre lo recordaba. Sí que puedo asegurar que entraba luz natural al interior, no se si por alguna ventana. Además del altar principal, en los lados lucían otros dos, de santos hombres. Creo que hasta por lo menos 1960 estuvo en uso, es decir, más o menos bien. El paraje era precioso, muy diferente al de ahora: bancales con mases y brazales de riego. Y muchas chumberas en el entorno más inmediato. La fuente estaba muy cerca del templo, como al otro lado de la senda… Sí, bajando hacia el Sanchuelo, la ermita estaba a la izquierda y la fuente a la derecha, muy cerca”.[14]

        

Imagen de la ermita y su entorno coloreada. Tratamiento de color, Joaquín Catalán

Alberto Sancho nos comenta que, en el primer lustro de los años cuarenta, el día de Viernes Santo y tras los oficios de la parroquia, todos los fieles iban en procesión a “rezar las cruces” por el calvario, terminando el acto en la ermita de Santa Quiteria, donde el cura pronunciaba una breve plática. “Esa ermita ocuparía unos 150 metros, tenía una puertecica estrecha y había bancos esparcidos”.[15] Hasta finales de los cincuenta el edificio del templo debió de mantenerse más o menos igual.[16]

Los años 60 del siglo XX debieron de ser los de la degradación definitiva. A mediados de los 70, muchas de las piedras de la ermita -ya ruina- quizá fueron reutilizadas en las obras que acometió el ayuntamiento para intentar adecentar el entorno del castillo del Compromiso. Además, es posible que lo que quedara del edificio “estorbara” cuando se abrió en la zona el trazado de un circuito de ‘motocross’.[17]

Hoy no queda nada, pero es posible identificar una pequeña explanada -ahora repoblada con pinos- como el espacio donde se levantó; en los laterales, unas pocas piedras labradas delatan que las arrinconó allí la maquinaria que en su día desescombró.[18]

Piedras labradas en el lugar en el que se erigía la ermita. Probablemente se trate de restos de la misma
Aquí se encontraba la ermita de Santa Quiteria. Al fondo, elevada, la ermita del Santo Sepulcro

(C o n t i n u a r á)


[1]              Cabe presumir que en aquel siglo XVII la devoción a santa Quiteria estaba muy arraigada en Caspe, pues nos consta que ya tenía altar dedicado en la iglesia parroquial desde, al menos, mediados de esa centuria.

[2]              Tomamos la información de un documento del Archivo Histórico Provincial de Zaragoza del año 1742 (signatura antigua: AHPZ-PC-1491-pieza 2 fols. 610r-610v / signatura actual: AHPZ J 11491/1-pieza 2, fols. 610r-610v) en el que se transcriben diversos acuerdos adoptados en el siglo XVII por el concejo caspolino (de los referidos a la ermita de Santa Quiteria, algunos datos ya adelantamos en 2005 Antonio BARCELÓ y Alberto SERRANO en una gavilla de entradas, breves, de la web Cuatro Esquinas, hoy no disponible en la red).

                En el documento mencionado se señala como fecha del cuerdo el 28.01.1638, pero en sus Anales de Caspe mosén Mariano Valimaña indica el 28.01.1636. Valimaña manuscribió sus apuntes -cuyo paradero desconocemos- hacia 1860. ¿Fue el copista del XVIII o fue Valimaña, en el XIX, el que se equivocó al transcribir el acta concejil del siglo XVII?

                Como tampoco se dispone del original del mosén, cabe la posibilidad de que él reflejara realmente ‘1638’, y fueran sus editores quienes trastocaran el año y escribiesen ‘1636’. El caso es que en las todas las ediciones de Valimaña figura el 28.01.1636.

                Recuerdo que, aunque los Anales de Valimaña fueron publicados parcialmente con anterioridad (Boletín de Historia y Geografía del Bajo Aragón, cinco entregas en 1909), la primera edición de la obra completa es la que realiza el Ayuntamiento en 1971 (100 ejemplares ciclostilados); posteriormente el Grupo Cultural Caspolino pone a la venta una reimpresión (200 ejemplares, también ciclostilados) para, finalmente, acometer una edición tipográfica en junio de 1988.

[3]              Nos asesora en torno a la equivalencia entre las unidades de longitud históricas y las actuales el arquitecto Javier Peña Gonzalvo, especializado en reconstrucción de edificios monumentales (1 vara = 4 palmos = 0,772 m; un palmo son 19,25 cm).

[4]              El documento consultado y del que tomamos las citas (signatura antigua: AHPZ-PC-1491-pieza 2 fols. 618v-620r / signatura actual: AHPZ J 11491/1-pieza 2, fols. 618v-620r) es una copia realizada en 1743 de las capitulaciones signadas el 17.02.1648. En una de las cláusulas se especifica que la piedra se trabajará “conforme esta la pared de la carcel donde esta la rexa grande”, detalle aparentemente inexplicable al ubicarse Monteagudo a casi media hora andando del centro del casco urbano; como hemos indicado, la ermita se quería levantar muy próxima a una fuente que manaba en una de las oquedades de una gran roca, quizá el acceso a ese covacho estuviese protegido con un enrejado que les diera apariencia de calabozos.

                En torno a la génesis de la ermita no aportan más información otros dos cronistas caspolinos, que se limitan a copiar a Valimaña (Sancho incluso desliza algún error de bulto):

SANCHO BONAL, Leonardo (ca. 1910, manuscrito): Bosquejo geográfico-histórico de Caspe.

CACHO Y TIESTOS, Juan Antonio (1949, manuscrito): Las ermitas de Caspe, sus capillas y capillitas de fachadas.

[5]              VALIMAÑA Y AVELLA, Mariano (1971 [manuscrito: 1860 ca.]): Anales de Caspe, Ayuntamiento de Caspe, pp. 113-114. En concreto, el párrafo indica: “Comenzaron pues a trabajar [los picapedreros] bajo los auspicios del piadoso y celosísimo p. Fr. Miguel Jeric, Sanjuanista, que con beneplácito de la Villa tomó a su cargo la dirección de la obra, y la recolección de las limosnas así públicas como privadas. Suele decirse según adajio, que, mucho gasta el que vá y viene; pero más el que casa mantiene. A. D. Fr. Miguel Jeric le sucedió esto mismo puntualmente; porque su bolsillo, y sus intereses, no menos que los de su casa hubieron de suplir muchas veces la falta de caudales para llevar a su perfección dicha Ermita, resultando de aquí que dicho Santuario es casi deudor a D. Fr. Miguel y a su casa, que como generosos, y de noble sangre tomaron empeño en consolidar la obra, sometida a su dirección”.

[6]              CACHO Y TIESTOS, Juan Antonio (1949 [manuscrito]): Las ermitas de Caspe, sus capillas y capillitas de fachadas, Caspe, pp. 43-46.

VALIMAÑA Y AVELLA, Mariano (1971 [manuscrito: 1860 ca.]): Anales de Caspe, Ayuntamiento de Caspe, pp. 113-114.

El culto caspolino a San Gregorio Ostiense tuvo tradicionalmente como lugar de referencia el altar dedicado al santo en la ermita de Santa Quiteria. Aunque el cronista local Valimaña menciona que fue el 22.05.1685 cuando el concejo hizo voto para celebrar anualmente la fiesta de San Gregorio Ostiense, la documentación manejada nos permite asegurar que fue el 09.05.1642 cuando los representantes del municipio adquieren tal compromiso, es decir, que lo establecen aún antes de comenzar a erigirse la ermita de Santa Quiteria. En el siglo XVII, en la fiesta anual del santo lo habitual era salir en procesión, entonando letanías, hasta cabezo Monteagudo y desde allí, tras la misa, regresar a la iglesia, hisopeando o conjurando los cuatro puntos cardinales. Por la importancia del tema, aparcamos para otra ocasión todo lo referido a la fiesta de San Gregorio.

[7]              Signatura antigua: AHPZ-PC-1491-pieza 2 fols. 608 ss. / signatura actual: AHPZ J 11491/1-pieza 2, fols. 608 ss.

[8]              Se menciona en un informe sobre temas parroquiales firmado por Ramón Aparicio, prior curado de Caspe, el 14.05.1788 y remitido al arzobispo Agustín de Lezo Palomeque, que se custodia en el Archivo Diocesano de Zaragoza.

[9]              Acta de la Visita Pastoral a Caspe (29.05.1776-05.06.1776), Archivo Diocesano de Zaragoza.

[10]             PUYO DE COLUMA, Roberto (1886): “Caspe”, en VV.AA. Aragón Histórico, Pintoresco y Monumental, Zaragoza, tomo II, pp. 159-189. Es el único autor que ofrece la fecha exacta del enfrentamiento e incendio: 16.10.1809.

VALIMAÑA Y AVELLA, Mariano (1971 [manuscrito: 1860 ca.]): Anales de Caspe, Ayuntamiento de Caspe, pp. 125 y 191-192.

[11]             Informe firmado por Vicente Borruey, beneficiado de la parroquia caspolina, el 22.08.1849 y remitido al arzobispo, Archivo Diocesano de Zaragoza (encuadernado junto a otros materiales en el libro así rotulado: 1849. Visitas desde Abenfigo nº1 hasta Chiprana, núm. 98 Tomo I).

[12]             CACHO Y TIESTOS, Juan Antonio (1980 [manuscrito: 1954-1955]): Anales de Caspe, parroquia de Caspe, p. 108.

[13]             La foto nos fue facilitada por Carmen Pascual Cirac y el 01.06.2005 la dimos a conocer en la web Cuatro Esquinas. Carmen Pascual también nos cedió el resto de las imágenes antiguas del paraje de Santa Quiteria que ilustran las dos entregas de este trabajo.

[14]             Entrevista a María Carmen Arbonés Sola (de 77 años, nacida en 1944), 13.01.2022. El padre de María Carmen, el cantero Francisco Arbonés Hernández, falleció el 16.06.1982 a los 80 años. Vaya un dato, a modo de nota al margen: en siglos pasados las canteras de esa zona, del Cazcarro, eran muy valoradas para extraer piedras destinadas a su uso en las almazaras caspolinas (ruedas de molino, prensas, aljibes…).

[15]             Declaraciones de Alberto Sancho (nacido el 06.09.1928), 21.01.2022.

[16]             Manuel Conte recuerda haber estado dentro hacia 1960; Daniel Sola me indica que la puerta casi siempre estaba cerrada, pero que se podía ver el interior por “un ventanuco” abierto en la misma.

[17]             El 17.08.1971 se celebró la prueba I Moto Cross Compromiso de Caspe en un circuito ubicado en la finca El Batán. El trazado del circuito en el entorno de Monteagudo y Santa Quiteria debió de ser algo posterior.

[18]             Amadeo Barceló y Alberto Serrano realizamos una visita de reconocimiento el 22.01.2022. Con ayuda de la fotografía de 1932 (la ya mencionada en la que el templo aparece en segundo plano) nos relativamente fácil ubicar el lugar que ocupó el edificio.

    


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Una respuesta a «Santa Quiteria (I). La ermita sin recuerdo»

Es asombroso leer todas estas notas informativas tan claras y correctas.
No pueden hacer esto,más que dos caspolinos amantes de la cultura de su tierra y trabajadores incansables.
Un fuerte aplauso 👏 . Valientes!!!!!!

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